Dios nos saca de las distracciones, llama nuestra atención y nos habla de su amor

February 17, 2017

Aturdidos por el ruido, abrumados por la rutina, ensimismados con las labores, perdidos en la tecnología, perplejos con tanta información. Así vivimos, embarcados en el camino sorteando la vida y siempre en búsqueda de la felicidad.

 

Los seres humanos tenemos la libertad, esa posibilidad de elegir todos los días el siguiente paso a dar. Somos bendecidos con el amor misericordioso de nuestro creador y con el regalo de su dirección. Esa guía que nunca falla, esa ruta que siempre produce paz, ese consejo oportuno y eficaz. Sin embargo, son más los momentos que pasamos sin escuchar su voz (aunque nos hable todos los días), se nos dificulta discernir su voluntad.

 

A veces, como radares escuchamos mensajes que provienen de tantas fuentes, que clasificarlos para elegir lo indicado, termina siendo una tarea imposible o casi automática; nos olvidamos del tesoro invaluable que tenemos: el Espíritu Santo que se nos ha dado para instruirnos, para hablarnos al corazón, para darnos claridad y discernimiento al momento de actuar.

 

Puede ser que llevamos mucho tiempo orándole a Dios por algo en particular, quizá le hemos hablado pero sentimos que no nos responde. Entonces, es en ese momento cuando en dos fragmentos del libro de Marcos se nos presenta cómo Dios, en medio de nuestras distracciones, actúa para sanarnos de nuestras limitaciones y darnos luz.

 

Marcos 7 (31-37)

“Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Abrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

 

En Marcos 8 (22-26)

“Llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?» Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan» Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».

 

En ambos pasajes bíblicos vemos como Dios, para sanarnos, nos lleva a su encuentro, nos saca de la multitud para estar a solas con él. Nos conduce con cuerdas de amor para darnos luz en la oscuridad, nos aleja para revelarnos sus misterios, nos desacomoda de nuestra zona de confort para mostrarnos cómo en común unión con él ocurren milagros. 

 

¿Será que, en definitiva, por estar tan entretenidos no escuchamos su voz?, Pidámosle que nos aísle del ruido para poder sanarnos, para tener la certeza de que es su voz la que nos está hablando al corazón. Qué sea esta la oportunidad para permitirle a Dios que nos aleje de lo que sea necesario (personas, lugares, situaciones) y poder entablar una comunicación con él, donde nada sea más importante que escuchar su voz y que actúe en nuestra debilidad.

 

Una vez estemos ante su presencia, valoremos ese momento de soledad, defendamos nuestra intimidad con él, dejemos que nos sorprenda con la dulzura de su amor. La mejor inversión que podemos hacer es donarle nuestro tiempo para que todo tome un mejor rumbo. Te propongo que empecemos en este momento…

 

 

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