LA RIQUEZA QUE EMPOBRECE Lc16,19-31

September 23, 2016

Dos hombres viven y aunque sus destinos son diferentes, igualmente  mueren. Un hombre rico, acostumbrado a placeres y despilfarros; otro, Lázaro,  acostumbrado al dolor de ser arrojado a su pena, aguarda el auxilio de Dios a las puertas de la riqueza. Entre ellos la mirada de los Fariseos, de los discípulos y la tuya. La riqueza y el discipulado no son opuestos, pues no tienen el mismo rango ni prioridad, sin embargo el dinero pone en riesgo el sentido de vida, la sensibilidad con el hermano que sufre y en definitiva, la propia salvación.

 

Jesús ha hablado del peligro de sustituir el lugar de Dios con el del dinero. Cualquier situación que se interponga para la salvación ha de ser radicalmente eliminado del camino. El hombre rico ha centrado su sentido de vida en el placer que le hace vivir la opulencia. Sus banquetes y derroches son una montaña que le impiden ver la realidad, esto hace que su nombre y su rostro no sean bien definidos en el evangelio. Se ha fundido entre sus tesoros y por eso es llamado desde lo que en su vida tiene primacía: es el hombre rico.  No contempla al que mendiga a su puerta y  menos se pregunta por la salvación. Quien cree que lo tiene todo se sube a la escalera del orgullo pensando así alcanzar el cielo. Prontamente descenderá, al morir como el mendigo, entenderá desde el tormento lo que ha perdido e intentará suplicar por los que ama. No ha escuchado la voz de Dios, y sabe que no tiene posibilidad de escucharla ahora. El dinero y las riquezas que has recibido pueden constituirse fácilmente en el encanto de tu vida, en el fin último, arrebatándote el centro y el sentido. Pueden cegarte para ver más allá de tu egoísmo. El mundo de hoy fabrica ingenuos individuos focalizados en su imagen, deleite, apetencias e intereses. Pobre y desdichado el que teniendo riqueza no la administra supeditándola al poder de Dios, el que alardea de sus posesiones teniendo vacía el alma, el que malgasta y despilfarra la vida teniendo al hermano a la puerta y el cielo tan cerca.

 

De otro lado está  el pobre, cubierto de llagas, descrito en su sufrimiento, con un rostro y nombre: Lázaro, que significa “Dios es mi auxilio”. Tiene nombre porque es un pequeño del Reino. Abandonado en la puerta ni siquiera los perros le dan un poco de consuelo. En Lázaro reposa el extremo humano donde se ansían las migajas de otros pero se comprende que Dios es el único que queda. Muere y es privilegiado al ser llevado junto a Abrahán. Si su vida fue justa, así mismo recibió un puesto en lo alto, pues los sufrimientos vividos en Dios nunca se quedan sin consuelo. Los “Lázaros” postrados a la puerta de tu vida claman la justicia de tus riquezas. ¡Tanto tienes por entregar! No pases de largo ante el hermano que te llevará a Dios. No permitas que el embeleso del placer egoísta te haga despilfarrar lo mejor que tienes.

 

¿En qué lugar de la escena te ubicas? ¿Estás cultivando días de eternidad con tu generosidad, servicio, discipulado, o se te desparrama la vida tratando de acumular para tu propia satisfacción?

 

El evangelio pone acento en aquel rico incapaz de escuchar a Dios y al prójimo. El hombre rico poseía una gran riqueza que terminó con empobrecer su alma y perderla. No la muerte sino el peso de su riqueza lo hundió en el abismo del tormento. Sentirse lleno con las riquezas del mundo termina por sacar a Dios de la vida. Administra lo que tienes, dale lugar al dinero para que te sirva y ponte tú al servicio de Dios.

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