¡Acercándose tocó el féretro!

"En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.» Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios..." Lc 7,11-17

 

 

Jesús se hace cercano, y no importa si para encontrarse contigo es necesario tocar tu féretro.

La resurrección del hijo de la viuda de Naín es una narración propia de San Lucas, y como es común del evangelista, se logra ver una profunda compasión que mueve a Jesús a actuar a favor de los oprimidos. Te propongo fijar la atención en tres escenas que ayuden a vivenciar de manera personal la compasión de Jesús, que hoy pasa por tu vida y justamente se detiene ante tu “féretro”, se acerca y te dice: ¡Levántate!.

 

1. Las dos realidades que se encuentran: Vida y Muerte. La procesión de  gente que sigue a Jesús le ha escuchado y ha visto sus prodigios. Es la procesión de la Vida. Caminan con la vida misma como cabeza y guía. Y de la ciudad salía otra procesión: la de la Muerte. Acompañaban el dolor de la madre viuda, en la desesperanza de quién lo ha perdido todo. En tu vida se manifiestan estas procesiones, aquellas situaciones que te llevan detrás de Jesús, o las que te llevan a caminar con tus muertes. Las tristezas, las desilusiones y desesperanzas son muertes que lentamente acompañan tu historia personal y que silenciosamente te conducen fuera de si, ganando espacio de vida. Piensa en las cosas, situaciones, personas, vicios, recuerdos y prácticas que lo único que hacen es generar muerte en ti.

 

2. Se acercó y tocó el féretro! Es una escena en la que el gesto de Jesús manifiesta su cercanía incondicional. El contacto con un muerto o en este caso con el ataúd hace, según las costumbres judías, que la persona quede ritualmente impura. Sin embargo Jesús se mueve a compasión, le dice: No llores! Y no basta con eso, se acerca y toca. Jesús con su palabra que consuela y con el toque de su misericordia detiene la procesión de muerte que conduce a la desesperanza. ¿Acaso crees que va a pasar de largo mirando aquellas cosas que te hacen sufrir? Aquella viuda tenía que saber que “Dios ha visitado a su pueblo”, que Dios acompaña el dolor humano y sin Él, no tiene sentido seguir caminando. Hoy Jesús se acerca a tu dolor más profundo, a la oscuridad de tu ser, al pecado, al duelo, y te detiene para tocarte, para asegurarte que conoce lo que vives y te acompaña, dándote la esperanza de que con su compañía, podrás ver la resurrección.

 

3. A ti te digo: ¡Levántate! Aquel hijo era la única esperanza para una mujer viuda en Israel.  En la escena se encuentran la vida y la muerte. Ante esto Jesús ya se ha adelantado, a la ciudad, a la gente, a la viuda, al féretro. La compasión ha salido al encuentro de la desesperanza y la vida tiene que gritar resurrección ante la muerte. Escucha tu nombre seguido del imperativo ¡Levántate!. La voz que te invita no es la de la multitud, es la del Pastor que no dejará que avance la procesión de la muerte y te devuelve la esperanza allí donde sientes que todo se ha perdido.

 

Jesús se acerca a tocar el féretro... donde cargas  tus muertes, desconsuelos y desesperanzas. Allí su compasión trae de nuevo la vida. Deja que tu procesión vaya al encuentro de Aquel que, por ser la misericordia, se adelanta a tu caminar.

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