Amor de brazos abiertos

 

Es viernes Santo y la mirada de la fe está volcada a la cruz. Inexplicable es el hecho de un Dios llevado a la vergüenza de la crucifixión, y aquí más que explicaciones es necesario contemplar que hay un Misterio inabarcable por la razón humana. Jesús, Dios con nosotros ha asumido pasar por todo tipo de sufrimientos con tal de asegurar que nada de lo humano se escapa a su amor.

 

Una de las palabras que puede generar desconcierto a la escucha ingenua de un creyente, es aquella que narra San Marcos, cuando Jesús, unos instantes antes de morir proclama a grande voz: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?.  El impulso ante esta expresión de Cristo en la Cruz sólo podría llevarnos en primer momento a consolarlo. ¿Cómo puede salir de la expresión de Jesús algo tan incoherente con lo que había predicado y enseñado sobre su Padre del Cielo? ¿Siente Jesús que Dios lo abandona en el mayor momento de sufrimiento? Jesús ora. El comienzo del salmo 22 que los evangelistas han puesto en sus labios es el reflejo de la esperanza con que Jesús vive el momento cruel de su muerte. Es abandonado, es totalmente despojado, pero del amor hasta el extremo que se manifiesta en la cruz brota un manantial de confianza en la cercanía de Dios. El Amor en abandono y confianza sostiene la cruz de todo creyente.

 

Jesús había sido abandonado por muchos en el camino, algunos prefirieron sus riquezas antes que el despojo que significaba ser discípulo (Mt19,16). En el momento de su entrega, sus amigos, con quienes comió esa cena pascual siempre memorable, le abandonaron. El miedo le robó a sus doce. Ante la autoridad romana fue abandonado por la justicia humana, que no encontró valentía para mirar a los ojos al inocente. Le arrancan sus ropas, le intentan despojar de su dignidad con las burlas, le abandona gota a gota la sangre. Sus brazos clavados a lado y lado le quitan la posibilidad del último abrazo a su Madre, pero le abren las heridas para que todo el que se acerque alcance salvación. La fe de quienes fueron sanados o liberados se desvaneció frente al fracaso que mostraba la cruz. Le abandona la salud, el aliento, las fuerzas. Jesús ha experimentado que el sufrimiento se acrecienta en la soledad de la cruz, pero nunca le abandona la confianza en su Dios, al que sabe es suyo. Jesús no se siente abandonado… se sabe abandonado en Dios.

 

El abandono es la certeza de saber que todo se puede dejar en manos de Dios. Cuando te falta la salud, la seguridad económica, la persona amada, la estabilidad emocional, ¿tienes la certeza de dejar todo en las manos de Dios? A veces es más fácil acudir al horóscopo, el adivino, la lotería, el alcohol, la persona influyente u otro medio que nos permita tener parte del control de las situaciones y resultados de acuerdo a nuestros intereses.

 

Además de estar abandonado en su Padre, Jesús mantuvo y nadie le arrebató la confianza, la misma que se desprende del salmo que oraba en el último momento. Siempre vio la mano providente, la gloria de Dios en su pueblo y en los de fuera. Renovaba cada noche y madrugada en oración esa confianza infinita a su Padre que le acompañaba en cada palabra o sanación. Tuvo la certeza de que Dios nunca oculta su rostro al que le pide auxilio (Sal 22,25). Jesús sabe que en el sufrimiento se clama a Dios, sabe que Dios es “suyo”, tiene los mismos “Por qué?” nuestros,  y sabe que en abandono, Dios nunca abandona.

 

La confianza es la certeza de saber que Dios siempre actúa en cada suceso de la vida. ¿Acaso Dios  no nos ha sacado de tantas? Y la certeza como  impulso del alma nos lleva a apostar sin mayores comprobaciones. Así la confianza es una seguridad intensa en Dios, y aunque eso es muy difícil en la fe, hay que privilegiar ese porcentaje que hace que la balanza se incline hacia el lado de Dios. Ha actuado en nuestra vida, nos ha acompañado en el sufrimiento, nos ha dado la sabiduría en los  momentos inciertos y cuando ponemos de nuestra parte, saca un buen fruto del dolor.

 

En nuestra vida de fe y ante el sufrimiento, sentimos muchas veces que Dios se nos desvanece. La soledad, la depresión, un fracaso económico, un problema de familia, la enfermedad, son ocasión para encender las alarmas de la fe y preguntarnos si Dios verdaderamente nos acompaña. Muchas veces se nos puede soltar un angustiado “Dios mío!” Pero el salmo 22, el que ora Jesús, no es un grito en el vacío o un homenaje al desconsuelo, antes bien, es un cántico de aquel que sabe que recurre a Dios, al Dios suyo, al Dios que muestra siempre su gloria, es un reclamo con toda la certeza de que Dios está actuando y haciendo su obra. Es un canto progresivo que tiene una primera parte al parecer angustiante, pero que su tensión le lleva a una segunda parte: descubrir que Dios siempre actúa en la vida. Nuestra esperanza es que siempre en la vida habrá una segunda parte del salmo, aunque la primera golpee y tambalee a veces la fe. Aquellos que allí, en la incertidumbre busquen al Señor, lo encontrarán.

Dos palabras para contemplar la cruz: Abandono, pues todo es mejor en las manos de Dios, y Confianza, pues nunca dejará de actuar. Es la certeza de Jesús que ora en la cruz, que sabe que todos, de generación en generación contarán y dirán “Así actuó el Señor”(Sal 22,31).

 

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