¡Bendito el Rey que viene!

 

El domingo de Ramos abre las puertas a la gran Semana Pascual, la semana mayor o semana santa, dedicada especialmente a la celebración del misterio más grande para la fe cristiana: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Es el tiempo litúrgico más intenso, el más importante del año. No hay fiesta más grande para la Iglesia: Es la Pascua del Señor, que lleva a contemplar la gracia de Dios que salva en el Hijo y a reactualizar en la fe el misterio del Amor.

 

Para las celebraciones litúrgicas del Domingo de Ramos se nos invita a escuchar en los evangelios  la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y en la celebración principal, la pasión del Señor. Dos proclamaciones del evangelio  que parecen contradictorias, pues en la primera, Jesús, el hombre de Nazaret, va a la ciudad santa y es recibido en medio de ramos, vítores, alabanzas y festejos de la gente. Los gritos de "hossana, bendito el que viene en nombre del Señor",  son para el pueblo judío expresión de la llegada del mesías, aquel salvador esperado durante siglos. En la segunda proclamación, se nos anuncia el sufrimiento de aquel Mesías enviado por Dios, el abandono y la acusación a cargo de  la misma gente que le había batido palmas en su entrada triunfal a aquella ciudad. ¿Qué pasó con tu alegría Jerusalén, con los cánticos de victoria a tu rey?

En medio de la contrariedad que nos puedan presentar las escenas, meditemos especialmente 2 bondades presentes en aquel  Rey, Jesucristo, el Señor: La humildad y la pobreza.

 

Un Rey humilde, capaz de mirar frente a frente a su gente, haciéndose sufriente junto al enfermo, discriminado junto a la mujer, la viuda o los niños. Un rey que conoce de la ley y la opresión de su pueblo. Sencillo y fuerte, que no se deja arrebatar la alegría y la compasión de Dios por la amargura y la dureza humana. Es el rey que entra en un burrito porque su fortaleza y su grandeza no están definidas en categorías humanas, porque su gloria es revelarse actuando en la historia de los pequeños. Nuestro Rey, el que viene y al que batimos palmas, come el pan con nosotros, se hace cercano, acompaña nuestra historia, habla nuestro lenguaje, se hace notar en lo simple. Abraza al impuro, come con pecadores, ha elegido a 12 de su raza, se deja amar y servir por las mujeres. Está dispuesto a unirse tanto con la verdad humana que no le importa apretujarse en una casa o en la barca con tal de llegar a todos.  No le importan las consecuencias con tal de seguir siendo la mirada compasiva de Dios y extender su mano para sanar y liberar. Comparte la cena más importante con los de a pie. Come del mismo plato con el traidor, le mira con la misma dulzura del principio. Recibe en calma a quienes le encadenan, escucha con atención aún en su juicio y prefiere siempre el perdón. Es Dios, que desde la vergüenza de la cruz y los ojos humanos,  lanza una mirada nueva, que transforma.

 

Un rey pobre. No sólo por falta de bienes, de tierra o casa, de monedas en la bolsa o palacio. Pobre desde Nazaret, pueblo marginal. Conocedor de la miseria de la enfermedad, la discriminación y el pecado. Despojado desde su divinidad, pobre desde el nacimiento, desplazado, peregrino. Capaz de abandonarse en su Padre Dios desde pequeño. Pobre, pero con las riquezas que le brindaba la madre:  la fe, la oración, la esperanza, la confianza en Dios. Enfrentado al desierto, tentado. Rey itinerante con rumbo a la necesidad humana, desposeído de seguridades de techo, dinero y pan de reserva. Ni siquiera su familia o la cómoda Cafarnaúm le detuvieron para ir a entregarlo todo, para desposeerse del todo. Un camino confiado en el Padre, abandonado en la voluntad del siempre fiel. ¿Qué riquezas detuvieron su camino?  ¿Qué aspiraciones le arrebataron la misión? Nada pudo cerrar su boca para dejar de perdonar o enseñar las parábolas del Reino. Ninguna presión religiosa o política le sostuvo las manos para acercarse al sufriente. Pobre con los pobres, los "anawim" de Israel. Pobre comiendo la misma pascua, tomando del mismo cáliz de los dolores humanos. Pobre hasta brindarse en un pedazo de pan mínimo. Despojado de armas, defensa o ejército. Pobre de amigos porque allí en el monte fue abandonado. Desprovisto de traje, reducido hasta la condena injusta. Anonadado y con brazos abiertos entregando todo su ser en sangre y en espíritu. Un rey pobre, abajado a los infiernos del ser humano.

En todo aquello, Rey, exaltado por su Padre, enriquecido en Vida. Capaz de dar vida nueva a los suyos, generoso, dador de la paz, entregando su Espíritu y su gracia eterna a quienes le siguen en Fe.

 

Tu Reinarás, es el grito de este domingo, de nuevo tu pueblo te aclama! Tu Reinarás en quien te acoge pobre y humilde. Tu reinarás con gozo, con banquete y bodas, vestido y vino nuevo para quienes te reciben tal cual eres. Tu reinarás en el corazón que, humilde te escuche y pobre te necesite. Bendito el que viene en nombre del Señor! Bendito aquel que con alegría se acoja a su salvación. Ésta Santa Semana el Señor Pasa por la vida personal, hace su paso por las familias, quiere tocar el corazón. Su entrega en la cruz y su resurrección son la garantía de una vida nueva. ¡Que toda rodilla se doble  en los cielos, en la tierra... y toda lengua pueda confesar que Jesús es el Rey y Señor, para gloria de Dios Padre! (Cf. Flp 2,6)

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